Saskia

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Lacalle Uharte

Joxe Lacalle Uharte

1951 Etxauri (Nafarroa, Euskal Herria)

Di mis primeros pasos en el bar Casa Lacalle que por aquel entonces llevaban mi aita y mi ama allá por el año 1965. En 1974, pasé a regentarlo junto a mi compañera Marisa y allí nacieron mis cuatro hijos: Txemi, Olga, Gorka y Eneko. El bar fue siempre punto de encuentro y hervidero de las ansias de cambio social que se vivían en las postrimerías del franquismo. Cuando, en 1976, coloqué una ikurriña de tres metros en el bar, no tardaron en hacérnoslo pagar. Entonces empezaron las amenazas, incursiones, pintadas, ata­ques, palizas... de uniformados e «incontrolados». En 1978, tras muchas noches de agresiones por parte de policías de paisano, sufrimos un durísimo golpe de manos de los Guerrilleros de Cristo Rey. Eso sí, nada tan grave como la bomba que el 27 de marzo de 1979 de chiripa no nos costó la vida a mi compañera, a mis dos hijos y a mí mismo. En 1981, me de­tuvieron acusado de colaboración con banda armada. Estuve 10 días con la Guardia Civil y, como os podréis imaginar, me llama­ron de todo menos bonito y me hicieron de todo... menos nada bonito. Al final, la petición de 12 años, afortunadamente, se me quedó en dos de condena. A la salida, aparte de mi familia, mis amigos y mi pueblo, me se­guía esperando mi querido bar Lacalle. En el bar, gracias a Nicolás Ardanaz, nació y se desarrolló mi afi­ción a la fotografía. Aprendí lo básico en un curso por correspon­dencia mientras trabajaba. Fue Nicolás quien me enseñó realmente ese arte que es –y que sobre todo era, cuando el revelado dependía del fotógrafo– mucho más que apuntar, en­focar y disparar. Mis primeros trabajos fueron para Foto Herce, allá por 1975. Eran tiempos du­ros y, aparte de las celebraciones, me tocó andar por las fiestas de los pueblos con un caballo y un toro de cartón. Ya en los años ochenta, trabajando en el bar, empecé a colaborar puntualmente con el diario Egin. Antes, como miles de personas en este país, ayudé a que viera la luz vendiendo bo­nos en el bar y, ya en 1988, tuve la fortuna de pasar a formar par­te de la plantilla. Ahí, hasta que fue cerrado, realicé gran parte de mi carrera como fotógrafo, aunque también he colaborado con Euskaldunon Egunkaria, Argia... Ser testigo de la voz de la calle, de todas las luchas y las denuncias que han realizado mis paisanas y paisanos ha sido siempre un honor. No pocas veces han acudido a mí co­lectivos sociales a pedirme tal o cual fotogra­fía para hacer un cartel, una pegatina, ilustrar una revista. Siempre las cedí, puesto que sa­bía que la realidad que reflejaba mi foto era la que queríamos cambiar entre todas y todos.   Memorias de Lacalle es mi primer libro o, como siempre digo, mi quinto hijo.

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