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Nicolas Dickner: pensando la globalización y el mundo moderno desde Quebec

Nicolas Dickner es un fenómeno literario en Canadá, y sus novelas han sido traducidas a una docena de idiomas. Su última obra, Seis grados de libertad, es un relato brillante e hilarante sobre la globalización, una oda a la libertad que combina una inteligente construcción narrativa y la imprevisibilidad de una novela policíaca con un toque poético. Una novela que tiene todos los ingredientes de la mejor literatura contemporánea: un compromiso social que nos hace reflexionar sobre el mundo en que vivimos, un aire cinematográfico que nos engancha desde la primera página y una pequeña dosis de humor que permite evadirnos de una realidad muchas veces dolorosa y caótica. Todo ello le hizo merecedor del premio más prestigioso de Canadá en 2016.

Cómo vivir en un contenedor y no morir de claustrofobia

“Todo le parece normal. Piensa en Élisabeth Routier-Savoie, que estará navegando en estos momentos en la otra punta del planeta, en aguas internacionales, encerrada en su contenedor. ¿Se habrá llevado algo para leer y así llenar sus horas de balanceo?”

“La guinda que coronaba el pastel era, evidentemente, el Claustronaut Cookbook, un manual pormenorizado de cómo transformar un contenedor refrigerado en una cápsula intercontinental, con planos que cubrían hasta el más mínimo detalle sobre este asunto, desde el suministro eléctrico hasta el baño. Incluso habían previsto un manual de yoga, listas de ejercicios en espacios limitados, libros de recetas, y una parte considerable del catálogo del proyecto Gutenberg”.

Un principio de ingeniería más que un juego de palabras

Después de dos novelas con títulos un tanto minimalistas (Nikolski, Tarmac), Nicolas Dickner cambia el juego con Seis grados de libertad, un juego de palabras que, a pesar de su aparente poesía, es en realidad... ¡un principio de ingeniería! «Es un principio en ingeniería aeroespacial y náutica, que hace referencia a los posibles ejes de movimiento de un vehículo en el espacio», explica el autor.

Isabelle houde (Le Soleil)

La soledad de los tiempos modernos

Los tres personajes principales de Seis grados de libertad son solitarios: Eric no ha salido de su habitación durante años, Jay se aísla del mundo a través de sus auriculares –que se pone siempre para trabajar–, y Lisa tiene poco tiempo para socializarse, pues entre sus cursos de informática y su miserable empleo, debe cuidar de su padre enfermo de Alzheimer. Todos ellos viven en un mundo aparte del nuestro, entre la vida cotidiana y la política.

Un estilo narrativo simpático, que se burla sutilmente de los personajes y sus debilidades, nos lleva a través de la historia, e, irónicamente, nos muestra las contradicciones de nuestro mundo hiperconectado y globalizado que, paradójicamente, recluye a la gente en una profunda e inmensa soledad. Todos los personajes, también los secundarios, tratan de escapar de un camino que les conduce inexorablemente hacia el vacío existencial, refugiándose en diferentes obsesiones.

Antonin Marquis (Huffington Post)

Una tabla de Excel

«Está escrita con técnicas detectivescas novedosas. Esto es algo que quería hacer desde hace años. Y realmente comprobé que no era fácil», analiza el novelista, a posteriori. «El último año y medio de escritura fue realmente una negociación narrativa. Es sorprendentemente compleja», dice. ¡Tan compleja que incluso tuvo que usar una tabla de Excel! «Había visto esta técnica narrativa en la literatura estadounidense estos últimos años y sabía que era efectiva».

Isabelle Houde (Le Soleil)

Los viajes de Verne

A Jay no le gusta Julio Verne. A Nicolas Dickner, sí –o al menos, lo ha leído–. El contenedor PZIU 127 002 7 (abreviando, Papá Zulu) de Lisa no tiene nada que envidiarle al Nautilus. 

Benoît Melançon, oreilletendue.com

A favor del viaje, en contra del aburrimiento

Al acercarse al corazón de esta nueva novela de Nicolas Dickner, quizás sea mejor mencionar el caso de «Lawnchair Larry». Un camionero californiano que despegó desde el patio trasero de su casa en San Pedro el 2 de julio de 1982 y se elevó a una altitud de 4.600 metros atado a una silla de jardín a la que adjuntó 45 globos llenos de helio, con su pistola de aire comprimido (para controlar el descenso), un CB, bocadillos, cerveza y una cámara.

«Walters ilustra, creo, la paradoja fundamental detrás de esta historia. ¿Cuál es el significado, cuál es el simbolismo de la novela? Se pueden hacer un montón de epílogos sobre la necesidad de libertad o sobre cuestiones metafísicas. Pero la historia de Lisa recoge bastante bien la razón de Larry Walters, quien respondió cuando se le preguntó sobre sus motivos: «Un hombre no puede quedarse sentado. Es la idea de hacer algo simplemente porque es posible hacerlo». «Es tal vez una reacción contra el aburrimiento fundamental de la existencia. Siempre hay razones que nos impulsan a hacer cosas. La escritura, como viajar, tal vez es a menudo otra cosa: una manera de preferir los problemas al aburrimiento».

Dickner firma una novela de éxito, espejo sin mancha de nuestra sociedad sometida a una rápida globalización, que, aun con todas sus delirantes referencias, es completamente notable (Victor Caron-Veilleux, Les libraires)

Existen los milagros

El placer de la lectura de Seis grados de libertad es inmenso. Desde la primera línea se adivina que se trata de mi admirado Nicolas Dickner. Y eso es porque ha logrado algo tan difícil y reservado a los grandes como hacerse con un estilo y una manera de escribir con la que conectas o no, pero que es la suya. Vuelven a aparecer personajes que crees que ya conoces, porque son muy parecidos a los de sus otras dos novelas (Nikolski y Tarmac). Pero esto que podría parecer un hándicap, un defecto o una carencia... es su estilo, su peculiar forma de entender el mundo, de narrar y de construir relatos fascinantes, con personajes también fascinantes.

Cada artista o autor es fruto de su tiempo y cada época ha tenido y tiene manifestaciones artísticas que, al margen de una mayor o menor calidad, se entienden en ese contexto. Dicho esto me atrevo a afirmar que Dickner, junto a otros que me fascinan como Jonathan Coe, Alessandro Baricco y Haruki Murakami (seguro que hay otros pero mi campo de lecturas es el que es) forman parte ya de una nueva generación de escritores que narran de otra manera y para los que no sirven moldes del pasado. Han dado una vuelta de tuerca a la literatura (como pasó con la generación de los escritores del boom sudamericano García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, Carpentier, Roa Bastos, Onetti, Borges...) y yo no puedo más que maravillarme de ser coetánea, de poder asistir a ese prodigio de literatura que son capaces de hacer y rendirme ante ellos. ¿Existen los milagros de que alguien como Dickner quiera volver a publicar con Txalaparta?

Agurtzane Berrio

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